
En documentos de arquitectura, estudios previos, procesos de contratación y propuestas tecnológicas aparece con frecuencia una condición que parece bastante clara: debemos evitar la dependencia del proveedor.
Estoy de acuerdo.
El problema es que normalmente verificamos esa condición cuando estamos comprando la tecnología y no cuando intentamos salir de ella.
Una plataforma puede cumplir técnicamente, tener un buen nivel de servicio, almacenar correctamente la información y funcionar durante años. Sin embargo, después de ese tiempo podemos descubrir que reemplazarla implica mover datos, modificar aplicaciones, reconstruir integraciones, cambiar procesos y recuperar conocimiento que terminó quedándose alrededor de un proveedor.
Es decir, la dependencia no siempre se presenta como un problema mientras la tecnología funciona.
Muchas veces aparece cuando queremos cambiarla.
Y considero que ahí hay una pregunta que deberíamos hacer mucho antes:
¿Qué tan difícil sería reemplazar al proveedor que estamos seleccionando hoy?
El costo de entrar normalmente lo conocemos. El de salir, no tanto.
Cuando una organización adquiere tecnología generalmente analiza precio, funcionalidades, capacidad, soporte, seguridad, disponibilidad y tiempos de implementación. Tiene sentido, porque son los elementos necesarios para decidir si una solución responde a lo que necesitamos.
Sin embargo, pocas veces hacemos el ejercicio contrario con el mismo nivel de detalle.
¿Qué pasa si dentro de tres años necesitamos cambiar?
Puede ocurrir porque aparece una solución mejor, porque cambia el precio, porque las condiciones contractuales dejan de ser convenientes o simplemente porque la organización toma una decisión diferente.
En ese momento el precio de la licencia deja de ser el principal problema.
Empiezan a aparecer otros costos: migración, integración, capacitación, coexistencia temporal entre plataformas, posibles interrupciones y, en algunos casos, rediseño de aplicaciones.
IBM publicó en 2026 un estudio con 1.000 ejecutivos en el que 71 % manifestó que cambiar su principal proveedor o modelo de inteligencia artificial sería difícil. Más llamativo todavía, 91 % reconoció no tener completamente identificadas sus dependencias entre proveedores, modelos e infraestructura.
No considero correcto tomar esos porcentajes y afirmar que representan lo que ocurre en Colombia. No tenemos evidencia suficiente para hacerlo.
Pero sí considero que la pregunta que dejan es válida para cualquier organización:
¿sabemos realmente de qué dependemos?
He visto muchas veces que podemos identificar perfectamente quién suministra una plataforma, pero no necesariamente todo lo que terminó dependiendo de ella.
Y esa diferencia es importante.
Pensemos en algo que hoy resulta bastante común. Una organización empieza utilizando un servicio cloud para almacenar información. Después incorpora bases de datos, identidades, herramientas de analítica, seguridad y servicios adicionales. Más adelante comienza a implementar inteligencia artificial y conecta modelos con información, aplicaciones y procesos que ya funcionan dentro de ese ecosistema.
Cada decisión puede tener sentido por separado.
El problema aparece cuando intentamos separar nuevamente las piezas.
Cambiar un modelo puede ser sencillo.
Cambiar el ecosistema que construimos alrededor de él posiblemente no.
Por tanto, la dependencia tecnológica deja de ser únicamente una discusión de arquitectura y se convierte también en una discusión financiera y operacional.
¿Cuánto cuesta migrar?
¿Cuánto tiempo necesitamos?
¿Qué procesos pueden verse afectados?
¿Qué conocimiento debemos reconstruir?
¿Y qué capacidad de negociación conserva una organización cuando cambiar resulta demasiado costoso?
En mi concepto, esa última pregunta es especialmente importante.
Una relación con un proveedor puede funcionar perfectamente y aun así generar una dependencia creciente.
Tener los datos es fundamental, pero no necesariamente significa tener el control
Cuando empecé a revisar los trabajos recientes sobre soberanía tecnológica encontré una diferencia que me pareció interesante.
No todos están entendiendo soberanía de la misma manera.
Algunos trabajos la relacionan principalmente con control sobre datos, infraestructura y servicios digitales. Otros la entienden como capacidad para tomar decisiones sin quedar completamente condicionados por terceros. Por otra parte, también existen autores que advierten que intentar conseguir independencia absoluta puede terminar creando nuevos silos, mayores costos y menos interoperabilidad.
Eso cambia bastante la discusión.
Porque si soberanía significa que una organización debe fabricar, desarrollar y operar absolutamente todo lo que utiliza, prácticamente ninguna organización sería soberana.
Y además sería económicamente poco razonable.
Considero que para una empresa o una entidad pública podemos verlo de una forma más práctica.
No se trata necesariamente de eliminar todas las dependencias.
Se trata de conocer cuáles tenemos, decidir cuáles estamos dispuestos a aceptar y conservar alternativas cuando alguna deje de ser conveniente.
La Comisión Europea publicó en agosto de 2026 un estudio sobre infraestructura cloud e inteligencia artificial donde analiza conjuntamente temas como dependencia de proveedores externos, interoperabilidad, capacidad de cómputo y vendor lock-in. Fraunhofer, por otra parte, viene trabajando sobre arquitecturas abiertas y neutrales frente al proveedor para facilitar que servicios y cargas puedan ejecutarse en diferentes ambientes.
Cuando diferentes fuentes empiezan a mirar simultáneamente infraestructura, cloud, datos e inteligencia artificial desde la perspectiva de dependencia, considero que vale la pena prestar atención.
Los datos continúan siendo fundamentales.
Pero saber dónde están almacenados ya no responde todas las preguntas.
También necesitamos saber qué tecnologías necesitamos para utilizarlos, qué aplicaciones dependen de ellas y qué ocurriría si mañana queremos operar esa información en otra plataforma.
Una organización puede tener acceso completo a sus datos y aun así descubrir que mover el negocio que funciona alrededor de ellos resulta considerablemente más difícil.
Pero la respuesta tampoco es volver todo al datacenter
Aquí aparece una conclusión que parece lógica: si depender de servicios externos puede convertirse en un problema, entonces la solución sería volver a tener toda la infraestructura dentro de la organización.
No necesariamente.
Un datacenter también tiene proveedores.
Los servidores tienen fabricante. El almacenamiento tiene un fabricante. Existen licencias, soporte, actualizaciones, integradores y conocimiento especializado.
Incluso podemos construir una plataforma completamente basada en tecnologías abiertas y continuar dependiendo de una sola empresa porque internamente nadie tiene capacidad para administrarla.
Eso también es dependencia.
Por otra parte, una organización puede utilizar servicios comerciales en un cloud y haber diseñado correctamente cómo recuperar su información, sustituir determinados componentes o trasladar algunas cargas cuando sea necesario.
Lo mismo ocurre con open source.
Considero que las tecnologías abiertas son un componente importante porque pueden ampliar las alternativas disponibles y reducir algunas barreras para cambiar. Sin embargo, tener acceso al código no significa automáticamente tener capacidad para operar la plataforma.
Por tanto, la discusión no debería convertirse en cloud contra datacenter.
Tampoco en open source contra propietario.
Eso simplificaría demasiado un problema que realmente depende de la arquitectura, del conocimiento disponible y de las decisiones que la organización está dispuesta a tomar.
En mi concepto, una pregunta resulta mucho más útil:
¿Cuánto control conservamos sobre nuestra decisión después de contratar?
Colombia también tendrá que responder esa pregunta
Esta discusión tiene una relación directa con lo que está ocurriendo en Colombia.
El CONPES 4144 incluyó dentro de la Política Nacional de Inteligencia Artificial el fortalecimiento de infraestructura tecnológica y disponibilidad de datos. Minciencias, además, abrió la convocatoria Colombia Inteligente con recursos por $630.000 millones y entre sus objetivos aparece el fortalecimiento de la soberanía tecnológica.
Considero que son señales importantes.
Sin embargo, también considero que no deberíamos medir soberanía únicamente por la cantidad de servidores, GPU o centros de datos que podamos instalar en Colombia.
Eso es una parte del problema.
La otra está en las capacidades.
¿Qué podemos operar nosotros?
¿Qué podemos modificar?
¿Qué podemos sustituir?
¿Qué tecnologías podemos mover?
¿Y cuáles dependencias necesariamente tendremos que aceptar?
Porque depender de un proveedor no es, por sí mismo, algo negativo.
Las empresas precisamente contratan servicios externos porque no tiene sentido económico construir internamente todo lo que necesitan.
El problema aparece cuando dependemos sin conocer el nivel de dependencia que estamos acumulando.
Y ahí considero que deberíamos incorporar un ejercicio adicional antes de una gran renovación tecnológica, una migración cloud o la adopción de una plataforma de inteligencia artificial.
Antes de decidir cómo entrar, deberíamos analizar también cómo podríamos salir.
No estoy hablando de crear otro documento de cien páginas ni de diseñar una migración que posiblemente nunca vamos a ejecutar.
Estoy hablando de responder preguntas concretas.
¿Podemos recuperar nuestra información en condiciones utilizables?
¿Qué aplicaciones tendríamos que modificar?
¿Qué componentes quedarían asociados al proveedor?
¿Qué conocimiento necesitamos internamente?
¿Cuánto podría costar una transición?
¿Y cuánto tiempo podríamos operar mientras ocurre?
Cuando empezamos a responder esas preguntas, la conversación comercial cambia.
Ya no estamos comparando únicamente el precio de adquisición.
Empezamos a mirar el costo de permanecer, el costo de cambiar y el riesgo que estamos aceptando.
Eso, en mi concepto, es mucho más cercano a una discusión real de soberanía tecnológica.
No significa construir todo nosotros mismos.
No significa abandonar cloud.
Tampoco significa utilizar tecnologías abiertas para todo.
Significa conservar suficiente capacidad de decisión para que una tecnología que hoy resulta conveniente no termine convirtiéndose en una obligación que mañana no podemos modificar.
Y la inteligencia artificial hace esta discusión todavía más importante.
Estamos conectando modelos con datos, identidades, aplicaciones y procesos. Un agente puede consultar información, utilizar herramientas e interactuar con sistemas que ya forman parte de la operación.
Mientras más conexiones construimos, más importante se vuelve entender qué pasaría si posteriormente queremos cambiar una de las piezas principales.
Por eso considero que, antes de firmar el próximo contrato tecnológico importante o seleccionar la próxima plataforma de inteligencia artificial, deberíamos agregar una pregunta a las que normalmente hacemos:
Si dentro de tres años necesito cambiar de proveedor tecnológico, ¿qué tendría que cambiar realmente?
No creo que siempre nos vaya a gustar la respuesta.
Pero posiblemente conocerla antes de contratar sea mucho más barato que descubrirla cuando ya necesitamos salir.
Referencias
Wang, B.; Ciriello, R. F.; Richter, A. Digital Sovereignty. Business & Information Systems Engineering, 2026.
Kleiner, T.; Rodríguez, A. G. (eds.). The Making of a Global Digital Rulebook: Digital Sovereignty and International Action in the EU. Palgrave Macmillan, 2026.
Farrand, B. Regulating Data and AI, en Geopolitical Union. Cambridge University Press, 2026.
Roberts, H. Digital sovereignty and artificial intelligence: a normative approach. Ethics and Information Technology, 2024.
Jelinek, T. The Digital Sovereignty Trap: Avoiding the Return of Silos and a Divided World. Springer.
European Commission. Study on Cloud and AI Development in the EU. 2026.
Fraunhofer. Sovereign Cloud-Edge Services for Europe’s Technological Independence. 2026.
IBM Institute for Business Value. The Calculus of AI Sovereignty. 2026.
Departamento Nacional de Planeación. CONPES 4144 — Política Nacional de Inteligencia Artificial. Colombia, 2025.
Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. Colombia Inteligente: Infraestructura para el desarrollo de la inteligencia artificial.
Nota editorial: versión publicada en Edwin Guerrero Tech a partir del artículo de Edwin Guerrero Burbano en LinkedIn del 26 de agosto de 2026.